Paulina Johnson V.
Queridos Amigos:
Junto con agradecer la declaración de la Conferencia Episcopal, quiero compartir unas breves reflexiones. Quisiera destacar el que me parece insostenible que una autoridad de nuestro país, en una política de salud, use el titulo de Regulación de la fertilidad, puesto que, es bien sabido que los procesos biológicos y fisiológicos de todo organismo vivo poseen su propia regulación, lo cual consiste en que poseen naturalmente sus propias reglas de funcionamiento y que justamente, cuando por alguna causa estas reglas se alteran o se pierden, se produce la enfermedad. Es lo que la medicina intenta remediar, para lo cual estudia esas reglas, para reestablecerlas y devolver así la salud a la persona. Entonces, está claro que con la propuesta ministerial no es la regulación lo que se busca, las normas se aplican a personas sanas y estamos lisa y llanamente ante una practica de control de la fertilidad. Sería bueno que al menos por transparencia lo plantearan abiertamente.
Me parece que la fertilidad es una riqueza y que como tal debe administrarse sabiamente, ya que no estamos ante una plaga que por cierto debe controlarse. Me asombra leer en el diario que la Ministra de Salud señala que tal como las que se toman contra el hanta, ésta es una medida sanitaria más. ¿Es que los bebés de nuestros adolescentes son una plaga más y por eso merecen el mismo trato que los ratones?
Me parece muy triste que esto ocurra precisamente en el mes de la patria y que nos manifieste a todos que a pesar de tantos éxitos macroeconómicos lo único que somos capaces de ofrecer a nuestra juventud, saludable y por ende fértil, sea un variado menú de métodos para suprimir su fertilidad, temporal o definitivamente, de tal modo que no se produzca el problema sanitario del alto índice de embarazos adolescentes. Lo que es aún peor, es que ese alto índice de inocentes concebidos, queda reducido a un problema de salud pública, que es necesario resolver, aun a costa de su vida, con la píldora del día después, cuyo efecto no se ha demostrado que no sea abortivo.
Pareciera ser, que el verdadero problema es el concepto de sexualidad que subyace detrás de estos planteamientos. Una visión que reduce la sexualidad a una forma, una práctica, un mecanismo para obtener placer, cuyos efectos colaterales indeseados son la procreación y el compromiso que naturalmente, y para siempre, se establece entre los progenitores.
Cómo me gustaría poder invitar a todos, a invertir en educar y a transmitir el concepto de una sexualidad valorada positivamente, como lo más noble del ser humano, que le permite abrirse a la complementación y expresar plenamente su capacidad de amar y de engendrar vida, a lo cual se asocia naturalmente, en diferentes grados y ámbitos, el placer que surge de la mutua donación y acogida de la propia originalidad, de la realización creadora y de la trascendencia, en todas sus expresiones, siendo el hijo, como encarnación viva del nosotros, su más plena manifestación.
La sexualidad es un preciado don y también una tarea, la de asociar sus elementos, integrando lo biológico, lo afectivo y lo espiritual para convertirla en el más original y hermoso lenguaje de lo humano, que sea camino, expresión y seguro de la plena comunidad de vida y de amor, fecundo y gozoso, a la que hemos sido llamados, lo cual exige de una sabia y permanente auto educación y educación de los que nos han sido confiados. Lo que contrariamente se pretende aquí, con las normas propuestas, es disociar sus elementos, con lo cual ciertamente no se contribuye ni siquiera a lo propio de la reproducción animal, que es la conservación de la especie, menos aún, responderá a la noble necesidad y capacidad de procreación, que es lo que asegura la conservación de lo humano de la especie, a través de la maternidad y paternidad comprometidas en el matrimonio, que es también el sí para siempre a los hijos.