“ Ser Schoenstattiano, una vocación”
Felipe Young Gómez
En la vida se reciben ciertos regalos, “engañitos del cielo” que marcan profundamente nuestra existencia y que probablemente nos falten años para agradecerlos. En mi caso, uno de esos regalos es pertenecer a la maravillosa familia de Schoenstatt y de sentirme un hijo predilecto de la Mater.
Probablemente la primera vez que entré al Santuario lo hice junto a mi mamá o más bien “dentro” de mi mamá, cuando ni siquiera ella ni mi papá sabían de mi existencia, ellos son María Elena Gómez y Patricio Young, quienes conocieron el mensaje del padre fundador en su juventud y fueron activos partícipes de la época en que se construyó nuestro Santuario. Por lo mismo fui bautizado y ofrecido en el altar del Santuario a los pies de la MTA por el año 1977.
Desde entonces mi vida se rodeo de todo lo relacionado con el Movimiento, sus símbolos y actividades, desde muy pequeño recuerdo que cuando le rezaba a Dios me imaginaba inmediatamente el rostro del P. Kentenich. (“tata kich”, como le decía yo y mis hermanos). Recuerdo las misas de “Once” fuera del santuario cuando el Altar se cubría del Sol con un viejo toldo verde, y en invierno nos refugiábamos en la casa 777 y no se cómo , pero cabía toda la familia, sea como sea junto a mis hermanos y los demás niños, bajábamos a jugar al “Bosque”, mientras pasaba la misa, lugar donde ahora se ubica la sala “Centenario” , sala que cuando se inauguró (en principio sólo la mitad) en la ceremonia me tocó llevar las ofrendas al altar. Recuerdo los paseos de la familia, de la rama de matrimonios y luego de Federación a distintos lugares, recuerdo “Los Perales”, la verdad es que siempre se respiró un espíritu de familia, con algunos otros niños nos paseábamos por distintos lugares donde había grupos reunidos y nos daban algo para comer (especialmente cuando pasábamos por donde estaba la Rama de Señoras), podría narrar muchas bonitas experiencias.
Ya en la adolescencia, como a los 15 años, entré a la rama de los Pioneros, rama que estaba muy alicaída (creo que sólo existía mi grupo, “Luces de un Nuevos Mundo”), fue una experiencia espectacular, las reuniones, las jornadas, los campamentos, las jornadas nacionales de jefes, conocí a mis más grandes amigos, y fue la oportunidad perfecta para canalizar todas mis energías juveniles en proyectos interesantes en medio de la realidad que me tocaba vivir. Fui jefe de rama durante el año 1992 y como jefe me tocó llevar a mi rama a CANAPI (Campamento Nacional de Pioneros), campamento en que coronamos a la Mater como Reina de la Rama a nivel nacional (imposible de olvidar). Cuando nos tocó dejar la rama, el 8 de Diciembre de 1994, sellé mi “Alianza de Amor” y recibí mi Cruz Negra, al partir ya eran más de 50 Pioneros en Viña, siempre nos sentimos orgullosos de eso.
Así pasé a la rama de Universitarios y justo en ese Verano participé en el concilio Latinoamericanos de juventud masculina en Tuparendá Paraguay (1995), recuerdo que junto a mi grupo ofrecimos limpiar casas después de misa para financiar parte del viaje, y la verdad es que tuvimos bastante trabajo. El año 1997 año en que se celebró la fundación del movimiento en Chile, el Padre Ignacio Chuecas, me invitó a participar en la escuela de jefes por lo que viví un año completo de mi vida al lado del Santuario, ¡eso si que fue regalo!. Con mis hermanos de escuela formamos un lazo muy fuerte, y claramente para todos esa vivencia marcó nuestra existencia para siempre, ya que todos discernimos nuestra vocación, Enrique y Nicolás entraron a la comunidad de los padres, Claudio, Guille y Yo iniciamos nuestro pololeo con quienes serían nuestra actuales esposas, María Angélica, Marita y Carla, respectivamente. Durante esos años vivimos experiencias mágicas, como Las Misiones y la posibilidad de ser miembro fundador del Coro “Voz de Comunión”, en ambos apostolados participé junto a Carla mi señora, primero como muy buenos amigos, luego como pololos. Todo esto mientras estudiaba Psicología en la UCV. Para ese entonces, en general ser Schoenstatiano ya era parte de mí, como mi “segunda huella digital”
Con Carlita nos casamos el año 2002 y sin tener que pensar mucho, celebramos la misa en la “Sala Centenario”, ya que para ambos era como casarse en el living de la casa, eran innumerables los momentos vividos en ese lugar (misas, retiros, jornadas, fiestas, café concert, cantatas) que no podía ser de otro modo, recuerdo que hasta me permitieron arreglar la sala como yo quisiera, y Don Enrique como siempre estuvo allí para ayudarme. Luego nos consagramos a María en el Santuario. Así también el año 2004 pusimos sobre el altar a nuestra Hija Antonella Belén al momento de Bautizarla, es imposible transmitir lo que en ese momento sentí, pensando que en ese mismo altar había estado yo 27 años atrás.
Bueno, contar este testimonio, para mí es contar mi vida, mi vida entera le pertenece a la Mater y la misión del Padre es también la mía. Actualmente junto a mi gran compañera y amiga, Carla, y junto a nuestra hija (y otro(a) que viene en camino) participamos a través de la música en el coro de familias, cantando en la misa de “Once” y en todo lo que nos pidan, tanto allí como en el grupo de Matrimonios en que participamos estamos rodeados de nuestros grandes amigos con quienes compartí en distintos momentos de mi vida junto al Santuario.
Bueno, espero sinceramente con todo esto haberles transmitido de una manera sencilla y descriptiva, cómo recibí este regalo y cómo aún lo sigo disfrutando y ojala hayan podido comprender por qué me siento un hijo “Regalón” de la Mater; es que cuando estoy frente a ella siempre vuelvo a ser ese niño que se postró a sus pies y así a través de ella me entregó a los designios del padre a ojos cerrados.
Si alguien me busca, pregunte en Agua Santa 777, probablemente me encontrará.
Quedamos en eso, permanecemos fieles